Durante el último cuarto de siglo, ha sido difícil mirar a Venezuela objetivamente. Políticamente, a menudo se interpreta más como un símbolo que como una sociedad: para la derecha, un argumento recurrente para desacreditar la política de izquierda, y para la izquierda, un tema incómodo que es mejor evitar.
Pero ambas perspectivas ignoran el cambio autoritario en el país y sus consecuencias humanas, lo que hace difícil entender por qué gran parte de la diáspora venezolana recibió la intervención estadounidense el 3 de enero con alivio e incluso felicidad.
Precedentes geopolíticos
Desde una perspectiva internacional, ahora existen riesgos claros y graves. Irak y Libia muestran cómo el derrocamiento de un régimen autoritario puede conducir fácilmente a un largo período de inestabilidad, violencia y colapso institucional, con todo el sufrimiento que ello conlleva.
Además, el presidente estadounidense Donald Trump no presentó la invasión de Venezuela como una acción tomada en nombre del pueblo venezolano. En cambio, fue explícito acerca de sus intereses estratégicos. Sus acciones socavan así los principios básicos del derecho internacional y sientan un precedente peligroso, lo que hace que sus advertencias a Colombia y sus declaraciones sobre Groenlandia sean aún más inquietantes. Por todas estas razones, la condena de la intervención estadounidense debe ser clara e inquebrantable.
Sin embargo, tal condena coexiste con la realidad que enfrenta la mayoría de los venezolanos, para quienes la vida en el país ha sido durante mucho tiempo una experiencia de sufrimiento diario.
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diáspora venezolana
Esta realidad es la que guía mi acercamiento a Venezuela, que tiene sus raíces en perspectivas tanto personales como académicas. A través de conexiones personales, traté de entender el país durante la era Chávez, y luego analicé los patrones migratorios de las personas desplazadas, así como las políticas migratorias de Colombia y Perú, los principales receptores del éxodo de casi ocho millones de personas.
Mi investigación ha reforzado una actitud menos ideológica y más atenta a las consecuencias humanas. Me mostró cómo detrás de los debates políticos hay innumerables historias de pérdidas y proyectos de vida interrumpidos.
A partir de 2017, existe un amplio consenso, tanto dentro como fuera de Venezuela, sobre la necesidad de un cambio político. Esto se ha visto consolidado por el colapso económico y la creciente autocratización bajo el régimen de Nicolás Maduro, evidente en el empeoramiento de la crisis humanitaria y el éxodo, la represión de las protestas y el reemplazo de la Asamblea Nacional por la Asamblea Constituyente.
El consenso no fue ideológico. Surgió de la creencia de que el sistema ha dejado de garantizar derechos básicos y un nivel de vida mínimo.
La oposición y las elecciones de 2024
Una oposición dividida significó que este consenso no cristalizara hasta las elecciones presidenciales de 2024, que se celebraron en condiciones injustas y antidemocráticas. A la inhabilitación de la candidata opositora María Corina Machado, elegida en el proceso electoral de octubre de 2023, le siguió la inhabilitación de su sucesora, Corina Joris, a medida que se intensificaba la represión. Además, casi el 30% de la población venezolana –los que se vieron obligados a abandonar el país– no pudo votar.
Después de las elecciones del 28 de julio de 2024, el Consejo Nacional Electoral declaró presidente a Maduro. Sin embargo, la oposición recopiló y verificó meticulosamente registros con el apoyo de grupos organizados de ciudadanos. Lograron demostrar que ganaron con el 67% de los votos.
La victoria en estas condiciones tuvo un enorme significado simbólico, pero no se tradujo en un cambio de régimen. Las violaciones de derechos continuaron sin consecuencias inmediatas.
Ante este constante deterioro, la comunidad internacional no ha logrado dar una respuesta eficaz. Ni el bloqueo diplomático de 2019 que siguió al colapso del orden constitucional, ni los acuerdos de Barbados (destinados a allanar el camino para elecciones garantizadas en 2024) tuvieron éxito.
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Agotamiento y alivio
En este contexto de estancamiento exhausto, el alivio, o incluso la esperanza, que siente gran parte de la diáspora venezolana tras la intervención estadounidense comienza a tener sentido. Así lo describen algunas personas con las que hablé.
Mis amigos venezolanos Andrés, César y Génesis emigraron primero a Perú y luego a España. Sus reacciones ante la intervención estadounidense fueron nostalgia y alegría contenida. Ahora creen que la situación mejorará y que un posible cambio de régimen podría fortalecer la economía del país. Si ese es el caso, entonces el padre de César podría recibir tratamiento contra el cáncer independientemente de las remesas del extranjero.
Otra amiga, Alejandra, salió de Venezuela hacia Colombia después de las protestas de 2017. Desde la intervención de Estados Unidos, ha estado atrapada entre las preocupaciones sobre las políticas del presidente Trump hacia América Latina y la esperanza de que las cosas salgan bien esta vez. Está considerando la posibilidad de regresar.
Los sentimientos expresados por muchos venezolanos no son sólo una reacción emocional, sino también una valoración racional. El país llevaba años en estado de colapso y se habían cerrado todas las vías internas de cambio. Aunque las declaraciones de Trump no son alentadoras (ambiciones petroleras, retraso de la transición democrática, riesgo de conflicto armado), parece haber esperanza, por frágil que sea, de cambio.
Trump hace una declaración sobre la situación en Venezuela en el Air Force One, 5 de enero de 2026. Fuente: Times News, YouTube.
Tanto Andrés como Alejandra rechazan el carácter "inhumano" de las políticas de Trump y reconocen sus intereses en Venezuela. Pero también creen que el petróleo de Venezuela ya estaba en manos de Rusia y China, y coinciden en que ahora existe la posibilidad de que el país eventualmente se convierta en un lugar donde puedan vivir nuevamente.
Esperanza contradictoria y frágil
La paradoja es clara: lo que el mundo ve como una alteración grave del orden internacional es también, para muchas personas, el primer paso para salir de un estancamiento de varios años, aunque en última instancia no conduzca a un cambio real.
Podemos reconocer esta contradicción sin legitimar la intervención ni ignorar su peligro. Pero los acontecimientos tienen un significado político diferente para quienes viven en una sociedad que atraviesa un colapso prolongado. Para muchos venezolanos, basta con romper lo que parecía una parálisis absoluta para ver este momento como un nuevo comienzo, por frágil e incierto que sea.
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