La vida, entendida como distribución del tiempo, de las decisiones y de las expectativas, ya no se parece a lo que era. Durante décadas, dimos por sentado que la vida avanzaba según un mapa fijo: estudio, formación, trabajo, formación de una familia, jubilación. Una secuencia lineal, ordenada y relativamente predecible. Sin embargo, en los últimos años ese mapa ha comenzado a desdibujarse. La longevidad aumenta, las tasas de natalidad disminuyen, el trabajo se transforma, las familias se quedan atrás y la neurociencia revela que estamos madurando más tarde de lo que pensábamos. Con esto, las fases de la vida ya no duran lo mismo ni significan lo mismo.
Hoy vivimos más y también vivimos de manera diferente. Durante nuestra vida, el cerebro humano pasa por diferentes etapas. Estos ciclos surgen gracias a hitos alcanzados a lo largo de los años y van acompañados de experiencias específicas. Cada hito y etapa puede identificarse por conocimientos específicos adquiridos a través de experiencias específicas. Así, podemos ver que estos cambios no responden a patrones uniformes, sino que ocurren cuando una persona experimenta eventos específicos que son significativos. Ejemplos de estos hitos pueden ser: finalizar estudios, independizarse, formar una familia, comprar una casa o un auto, entre otros.
Hasta hace unas décadas se podía observar que el paso por estas etapas se producía generalmente en determinados rangos de edad. Hoy la situación socioeconómica y demográfica no es la misma y eso ha cambiado. Pero, ¿cómo afecta esta realidad a nuestra biología?
Más vida, menos prisas
Gracias a los avances médicos, nutricionales y tecnológicos, las personas no sólo viven más, sino que también viven mejor. La esperanza de vida en muchos países supera los 85 años, y la llamada "vida útil" se ha ampliado: permanecemos física y cognitivamente activos mucho más tiempo que las generaciones anteriores. Este fenómeno, que algunos expertos denominan transición de una sociedad que envejece a una sociedad de longevidad, implica que los límites entre juventud, madurez y vejez se vuelven cada vez más borrosos.
La ciencia del cerebro refuerza este cambio. Investigaciones recientes demuestran que la corteza prefrontal, responsable del razonamiento y la planificación, termina de madurar entre los 25 y los 30 años, mucho más tarde de lo que se pensaba. Por eso algunos estudios ya hablan de una "adolescencia prolongada", que no terminaría a los 18, sino más cerca de los 30. Es decir: no sólo vivimos más años, sino más etapas en esos años.
Menos nacimientos, más decisiones retrasadas
A esta extensión de la vida se suma otra tendencia: la tasa de natalidad está disminuyendo en casi todos los países desarrollados. Las familias se forman más tarde, en todo caso. La edad media del primer hijo sigue aumentando. El resultado es una pirámide poblacional transformada: menos niños, más adultos mayores y una población que vive más que los jóvenes.
Este aplazamiento generalizado de decisiones (tener hijos, emancipación, estabilización laboral) prolonga la juventud, dificulta la entrada en la edad adulta y hace que las transiciones vitales ya no se produzcan al mismo tiempo para todas las personas. Hoy en día, la norma es una variedad de ritmos.
Trabajo, reinvención y trayectorias no lineales
La extensión de la vida activa también está redefiniendo el mercado laboral. La fórmula clásica (estudiar 20 años, trabajar 40 y jubilarse a los 65) ha quedado descatalogada. Ya no encaja en un mundo donde la longevidad está aumentando, la tecnología está reemplazando empleos y la reinvención profesional se está volviendo necesaria.
Cada vez son más las personas que cambian de profesión a los 40 o 50 años, siguen formándose, emprenden, se reinventan. Para muchos, la llamada "segunda juventud profesional" es una realidad: parte vital de descubrimientos y oportunidades que antes no existían.
Al mismo tiempo, la jubilación ya no es el punto final. Se convierte en una transición flexible: algunas personas trabajan desde hace más de 67 años, otras asumen proyectos, otras alternan vacaciones y actividades. Donde antes había un cierre definitivo, hoy hay múltiples caminos.
La tradicional unidad de fases (infancia, juventud, edad adulta y vejez) ha dado paso a una constelación de microfases:
Una infancia más estimulada, pero no necesariamente más larga.
La juventud se amplía casi hasta los 30 años.
Edad adulta que comienza más tarde y se vuelve más diversa.
Envejecimiento dividido entre edad activa (65-80) y edad avanzada (80+).
Las decisiones de vida ya no están ordenadas cronológicamente. Algunas personas aprenden a los 50, otras empiezan a los 60, otras se reinventan a los 35 y otras deciden no seguir el camino convencional. La flexibilidad amplía las posibilidades, pero también multiplica las dudas.
El desafío social: adaptar las instituciones a vidas más largas
¿Cuándo comienza la edad adulta? ¿En qué punto se espera que se estabilice? ¿Qué significa "envejecer" cuando todavía estás activo a los 70 años? Si la vida cambia, nuestras instituciones también deben cambiar. Escuela, universidad, empresas, sistema de pensiones, sanidad, vivienda... todo está diseñado para una vida más corta y lineal. Hoy tienen que afrontar nuevas preguntas:
¿Cómo organizar el trabajo cuando conviven tres generaciones en un mismo equipo?
¿Cómo mantener el sistema de pensiones en sociedades con menos nacimientos?
¿Cómo adaptar la educación para formar personas que necesitan reciclarse cada 10 años?
¿Cómo garantizar un envejecimiento activo y digno en una población cada vez más envejecida?
El futuro no será de quienes vivan más, sino de quienes sepan rediseñar la vida a partir de estos cambios.
La extensión de la vida no es sólo un hecho demográfico: es un cambio de civilización. Nos hace preguntarnos qué significa ser joven, adulto o viejo. Date cuenta de que la vida ya no es una línea recta, sino un viaje flexible, con etapas reversibles, decisiones retrasadas y múltiples posibilidades.
Una vida más larga debería ser sinónimo de una vida mejor: con más aprendizaje, más relaciones, más proyectos y más libertad de elección. Y para que eso sea posible, nuestras instituciones, nuestra cultura y nuestras propias expectativas deben actualizarse.
Porque vivir más no es un desafío. El desafío es reimaginar la vida que queremos vivir a esa edad.
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