Imaginemos a un astronauta en el espacio. Flotas, no sientes peso: tus músculos están, por tanto, a salvo de daños causados por esa presión. Sin embargo, sin el peso de la gravedad, los músculos se atrofian y los huesos pierden densidad a un ritmo alarmante. Para mantenerse fuerte, el cuerpo humano necesita la carga de la gravedad.
Traslademos ahora esta idea a la educación. Ante el aumento de la ansiedad y el deterioro de la salud mental, podemos cometer el error de convertir las aulas y los hogares en cápsulas de "gravedad cero", eliminando "pesos" o dificultades para que el niño no sufra.
Si combinamos esto con enfoques modernos de la paternidad y la pedagogía, que se alejan de la disciplina o la autoridad impuesta, podemos llegar a una situación de sobreprotección. Una posible solución sería avanzar hacia una "resiliencia sensible" o creativa.
Para entender cómo aplicarlo, veamos tres enfoques diferentes de la educación.
1. Educación en invernadero
Nuestro instinto protector básico nos hace seguir al niño como a un tierno brote. Y está bien: hay que proteger la fragilidad de lo íntimo y evitar cualquier violencia o abuso.
Pero si hacemos precisamente esto, nos convertimos en "educadores de invernadero": los jóvenes están bien siempre que todo sea perfecto y predecible. Pero tan pronto como salen al mundo real y sopla el viento (fracaso, críticas, "no" de los amigos), se marchitan. Al eliminarles el estrés, les quitamos su crecimiento.
A lire aussi: Los peligros de la infantilización en la etapa universitaria
2. Educación sobre el muro y la previsión meteorológica.
Otras corrientes se centran en criar niños fuertes y "resilientes" que resistan los golpes de la vida. Líneas de investigación destacadas a este respecto son la educación del carácter o 'resiliencia' (en inglés, determinación o persistencia) y la mentalidad de crecimiento.
A los niños se les enseña que la frustración no es una señal para detenerse, sino parte del proceso de aprendizaje. Se normaliza el esfuerzo "desagradable".
Por ejemplo: un niño o una niña se matricula en judo o piano. Después de dos semanas, se aburren o lo pasan mal y quieren darse por vencidos. Desde este planteamiento, se les insta a resistir: "Entiendo que es difícil, pero es mejor no dejar las cosas a medias. Te comprometiste a un cuarto. Cuando se acabe el trimestre podrás dejarlo, pero hoy irás e intentarás hacerlo lo mejor que puedas". El niño aprende que puede sobrevivir al aburrimiento y a las dificultades.
La forma de alabar también ha cambiado. Nunca se elogia el talento innato ("Qué inteligente eres"), sino el proceso y la estrategia ("Qué bien lo hiciste").
Pero esta fuerza y adaptabilidad deben ir acompañadas de la propia sensibilidad, y no desconectarse de uno mismo y de los demás. En este último caso, sobrevivir a la tormenta no nos ayuda a aprender nada de ella y corremos el riesgo de criar hijos que sean resilientes por su dureza (la pared) o su adaptabilidad (la pala).
Leer más: 'El patito feo' de Ćirulnik y el concepto de resiliencia
3. Educación al aire libre
Así como el sistema inmunológico no mejora en un ambiente libre de gérmenes, pero cuando se expone a los elementos, el estudiante necesita la realidad. Cuando te enfrentas a un virus o a un problema, no sólo "aguantas", aprendes y te vuelves más fuerte: eso es resiliencia creativa.
Los niños y adolescentes necesitan estas "vacunas afectivas": pequeñas dosis de adversidad y desafío. Si les impedimos entrar en este clima real, les privamos de la capacidad de crear sus propias defensas.
Tres claves prácticas: las fases de la luna
¿Cómo llevamos esto al aula sin que sea demasiado duro o demasiado blando? La clave no está en buscar el "medio", sino en saber variar las distintas intensidades, tal como la luna cambia de fase, para fomentar esta resiliencia creativa.
Estas intensidades o "estados lunares" pueden cambiar según la edad y el sujeto, y también según los factores genéticos, ambientales y actitudinales del niño.
Luna Llena (Seguridad Radical): Para que un niño se atreva a lanzarse al vacío, primero debe saber que debajo hay una red. En esta fase, el educador debe estar plenamente presente y radicalmente protector. En la escuela lo fundamental en esta etapa es que cada alumno se sienta aceptado incondicionalmente, por lo que es, no por lo que hace.
Es necesario establecer reglas claras y una reciprocidad empática. El acoso, el ridículo o la falta de respeto no son negociables. El estudiante siente que nadie se reirá si fracasa, que está a salvo. Si no hay seguridad psicológica, el cerebro se bloquea y no puede aprender. Aunque en determinados momentos podemos utilizar las pantallas, predomina la lectura en papel y la escritura a mano. Los momentos de "baja tecnología" calman la mente y dan estabilidad a la concentración.
Fase creciente (entrenamiento): corregimos la técnica, animamos y exigimos esfuerzo, pero nunca levantamos el peso en su lugar. Es hora de introducir problemas: un pequeño tiempo de inactividad a propósito. Por ejemplo, cambia la regla: "Tienes diez minutos menos para el examen" o "En lugar de utilizar dos caras del papel, debes terminar por una cara".
No debe molestar, sino entrenar la adaptación. Reconocemos su queja ("Sé que es molesto") pero exigimos una solución ("¿Cómo lo solucionamos?"). Algunos exámenes de opción múltiple pueden sustituirse por una defensa oral, de modo que el alumno acude al pizarrón y defiende su trabajo ante las preguntas de sus compañeros. El estrés de hablar en público, una vez superado, crea un verdadero sentimiento de orgullo que aumenta la autoestima más que cualquier grado.
Fase de Luna Nueva (saber que se ha ido): Cuando un alumno levanta la mano ("Maestro, no entiendo", "Maestro, no funciona"), no vamos inmediatamente a salvarlo. Una regla podría ser: "Antes de llamarme, tienes que intentarlo tres minutos más a solas. De esta forma eliminamos la adicción y obligamos a tu cerebro a buscar sus propios recursos".
También es el momento de introducir tareas con consecuencias reales cuya evaluación depende del éxito externo: escribe una carta a la empresa y pide que te den algo. Organizar un mercado solidario. Ver las consecuencias reales de tu trabajo ayuda a madurar y contextualizar tu aprendizaje.
Oscilar como la luna
La educación no consiste en envolver a los niños en plástico de burbujas; es darles la confianza necesaria para superar sus propias batallas.
No nos esforzamos en crear un ambiente perfecto para que parezcan crecer, sino en prepararlos para crecer en el mundo real, con todas sus imperfecciones. No se trata de buscar un equilibrio estático, sino dinámico. La resiliencia creativa significa ser capaz de oscilar como la luna: a veces protegiendo, a veces exponiendo, para que aprendan a hacer brillar su propia luz.
0 Comentarios