Cualquiera que haya visitado una galería de arte abstracto ha escuchado el comentario "mi perro hizo esto". La idea parece convincente: si la obra no representa nada reconocible, cualquiera puede realizarla. Sin embargo, las investigaciones muestran que esta intuición es falsa. Cuando miramos de cerca, podemos saber si una obra abstracta fue creada por un ser humano o un animal, incluso sin saber explicar cómo lo hacemos.
Esto plantea una pregunta interesante: ¿qué señales visuales nos permiten detectar la intención en una serie de trazos, puntos o líneas? Y, sobre todo, ¿hay algo en la manera humana de dejar huellas que nos resulte reconocible incluso cuando el autor no sea un artista profesional?
Sabemos lo que ha pintado un ser humano
Nuestro estudio reciente proporciona nuevas respuestas. Hemos recopilado diez pinturas abstractas creadas por humanos sin formación artística formal y diez creadas por chimpancés, tomadas de la colección Schretlen (en préstamo del Museo de Historia Natural NATURALIS, en Leiden, Países Bajos). Todas ellas fueron mostradas a voluntarios en una prueba en la que debían decidir si cada imagen provenía de una persona o de un chimpancé.

Algunos de los artículos utilizados en el estudio. A la izquierda, obras de chimpancés, parte de la colección de Shretlen. A la derecha, obras realizadas por personas sin formación formal. Larisa M. Straffon, Juan O. Perea-García, Thijmen den Blauwen, Mariska E. Creta, CC BI
Las imágenes se presentan en dos versiones: tal como fueron creadas y también en una versión modificada digitalmente, en la que se combinan color y textura. De esta forma se eliminaron rastros superficiales para comprobar si realmente la diferencia está en la estructura de la composición. En ambos casos, los participantes acertaron por encima de la casualidad: incluso después de manipular las imágenes, siguieron distinguiendo la autoría humana de la autoría animal.
Este resultado sugiere que existe una especie de "firma humana" reconocible incluso en trabajos no profesionales. Pero ¿qué aspectos específicos de la imagen evocan ese sentido de intención?
buscando muestras
Para investigar esto, hicimos otro estudio. Un nuevo grupo de participantes evaluó las mismas veinte obras según varios criterios: intencionalidad, equilibrio, complejidad y organización. Además, debían indicar cuánto les gustaba cada pieza.
Las obras humanas obtuvieron puntuaciones más altas en todos los aspectos excepto en la complejidad. Es decir, no eran necesariamente más ornamentados, pero parecían más equilibrados y organizados y daban una mayor sensación de propósito. Cuando los autores analizaron cómo estas tres características (equilibrio, organización y complejidad) contribuyeron a las calificaciones de intencionalidad y preferencia, encontraron relaciones claras en todos los casos.
En otras palabras, cuando una composición ordena coherentemente sus elementos y representa un determinado orden interno, tendemos a interpretarla como un producto deliberado de la mente humana. Estas señales, que percibimos casi automáticamente, parecen guiar nuestras decisiones incluso sin poder verbalizarlas.
¿Por qué presentamos esta tendencia? Como especie, no podemos evitar ver patrones. Nuestra visión parece estar particularmente afinada para detectar variaciones sutiles en la distribución y la organización. Nos lleva a buscar señales de intención en prácticamente cualquier disposición que nos rodea. Los lectores de toda la vida recordarán la emoción de lo que parecía ser una cara en la superficie de Marte. ¿No nos ha recordado alguna vez el enchufe un rostro humano?
Durante la evolución, reconocer cuándo otro humano produjo un patrón fue probablemente una ventaja. Identificar huellas, signos o símbolos creados por nuestros compatriotas facilitaría la cooperación y la comunicación en el espacio y el tiempo. El hecho de que funcionemos así incluso en un museo no es más que un eco moderno de una habilidad antigua.
¿Dónde está la intención?
Otro punto interesante del estudio es la relación entre intencionalidad y preferencia. Los trabajos que parecían más deliberados también gustaron más, lo que sugiere que podemos estar predispuestos a prestar atención y valorar positivamente patrones que creemos que son creados por otras personas.

A mediados del siglo pasado era bastante común experimentar con monos cautivos dejándolos pintar con pinturas al óleo. En la foto aparece Peter, también conocido como Pierre Brasau, del zoológico sueco Boras Djurpark. Wikimedia Commons
En conjunto, estos resultados nos permiten desmantelar una idea común: el arte abstracto no es una colección de puntos aleatorios, y mucho menos algo indistinguible de los trazos de un animal. Aunque a primera vista pueda parecer caótico, contiene características de equilibrio, estructura y organización que nuestro cerebro interpreta como señales de la mente detrás del gesto.
Tampoco significa que cualquiera pueda replicar el trabajo de un gran artista. Los experimentos sólo comparan el trabajo de los estudiantes con los dibujos espontáneos de los chimpancés. Pero muestran que, incluso en los niveles más básicos de la producción artística, existe una firma humana reconocible: una forma particular de distribuir la forma que transmite intención.
El descubrimiento también ayuda a comprender por qué seguimos debatiendo qué es y qué no es arte. Parte de ese debate surge porque estamos tratando de identificar la intención en las imágenes. Cuando lo percibimos, le asignamos un significado, valor o emoción. Cuando no lo vemos, lo atribuimos a un niño o a un animal. Sin embargo, incluso sin darnos cuenta, nuestro cerebro detecta patrones formales propios de la acción humana.
En resumen, nuestro estudio muestra explícitamente por primera vez que ciertas características formales como el equilibrio, la complejidad o la organización interactúan para crear la impresión de intencionalidad en una obra. Y esa impresión nos permite identificar correctamente qué obras han creado personas, incluso cuando no son artistas, e incluso si la obra es abstracta.
La próxima vez que alguien diga "mi perro pintó esto", quizás valga la pena recordar que incluso los garabatos intencionales más pequeños llevan la huella de una mano humana.

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