Durante años, Estados Unidos ha presentado su política exterior como una defensa del "orden internacional basado en reglas". Este lenguaje sirvió para legitimar sanciones, presiones diplomáticas y operaciones encubiertas, especialmente en América Latina. Sin embargo, el reciente arresto del presidente venezolano Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses ha puesto fin abruptamente a esa retórica.
No es una acción más en el conflicto con Venezuela. Se trata de una intervención directa contra el actual jefe de Estado, llevada a cabo sin mandato internacional y sin mediación multilateral. Para decirlo sin rodeos: Estados Unidos ha cruzado la línea que dice defender.
Este artículo no evalúa el carácter democrático del gobierno venezolano ni el historial del chavismo. Aquí el problema es segundo y más profundo: ¿qué significa para América Latina -y para el sistema internacional- que una gran potencia mundial asuma el derecho de capturar gobiernos por la fuerza?
De la presión al precedente imperioso
Hasta ahora, la estrategia de Estados Unidos contra Venezuela ha sido indirecta. Sanciones económicas, bloqueo financiero, aislamiento diplomático y deslegitimación política. Un asedio prolongado que, aunque devastador, quedó en la zona gris del derecho internacional.
La captura del actual presidente representa un salto cualitativo. Ya no hablamos de presiones, sino de intervención soberana directa. Sobre la suspensión unilateral de normas cuando dejen de ser útiles.
Como advierte el experto estadounidense en relaciones internacionales Stephen Walt, el poder hegemónico se vuelve inestable cuando confunde fuerza con autoridad. Los precedentes no se juzgan por su eficacia inmediata, sino por el tipo de mundo que ayudan a construir. Y el mundo que emerge después de esta acción es uno en el que la soberanía es condicional y la legalidad es selectiva.
América Latina: una advertencia para todos
Para América Latina, el mensaje es inequívoco. Independientemente del signo ideológico, del tamaño del país o de su grado de conformidad: ningún país está completamente seguro si entra en la categoría de "inaceptable" para Washington.
Este episodio reactiva una memoria histórica que la región nunca ha podido cerrar del todo: golpes de Estado, tutelamientos, gobiernos depuestos o disciplinados.
Desde la teoría de la autonomía latinoamericana, el abogado y diplomático argentino Juan Carlos Puig advirtió que cuando las grandes potencias operan sin fronteras claras, los estados periféricos reducen su margen de maniobra y aumentan el comportamiento defensivo. El resultado no suele ser la democratización, sino la retirada, la militarización y la desconfianza estructural.
La historia latinoamericana ofrece ejemplos elocuentes: el derrocamiento de Jacob Arbenz en Guatemala en 1954, promovido por Estados Unidos, es destacado por muchos historiadores como un punto de inflexión regional. Autores como Piero Gleijeses y Greg Grandin han demostrado cómo ese golpe contribuyó a la radicalización de amplios sectores de la izquierda latinoamericana e impulsó procesos posteriores (entre ellos, la Revolución Cubana, la prolongada guerra interna en Colombia y otros movimientos insurgentes) al cerrar vías reformistas y reforzar la percepción de que el cambio pacífico era inviable bajo supervisión externa.
No es casualidad que tales acciones empujen a los gobiernos latinoamericanos a buscar contrapesos fuera del continente (China y Rusia), endurecer el control interno y desconfiar aún más de los mecanismos regionales existentes (OEA).
Costo político para Estados Unidos
Desde la lógica del poder actual, la operación puede parecer exitosa. Desde la lógica histórica, es un error estratégico.
Antonio Gramsci (1891-1937) explicó que la hegemonía se mantiene tanto por consenso como por coerción. Cuando se impone la coerción sin consenso, la hegemonía entra en crisis. A nivel internacional, esto se traduce en una pérdida de legitimidad, incluso entre los aliados.
Por su parte, el economista y sociólogo italiano Giovanni Arrighi demostró en 1994 que el poder en declive tiende a sustituir la autoridad por la fuerza. El problema es que este recurso está acelerando la erosión del liderazgo global. En el contexto de competencia con China y Rusia, este tipo de intervención refuerza la narrativa de un orden occidental arbitrario e hipócrita.
Lejos de fortalecer su posición, Estados Unidos está alimentando la desconfianza global y legitimando indirectamente a otros actores para que hagan lo mismo en sus esferas de influencia.
Retorno del poder sin reglas
El filósofo y jurista alemán Karl Schmidt (1888-1995) creía que es el soberano quien decide sobre el estado de emergencia. Aplicado a la política internacional, este principio tiene consecuencias devastadoras: si se normaliza la excepción, el derecho internacional deja de ser un marco y se convierte en un instrumento.
Eso es exactamente lo que está en juego. Venezuela no. Inmaduro. Pero la idea misma de que existen límites al ejercicio del poder.
Cuando estas fronteras se cruzan sin consecuencias, la política internacional entra en una fase más dura, más inestable y peligrosa. América Latina ya ha vivido este escenario. Y sabe que nunca termina bien.
La pregunta relevante ya no es qué sucederá en Venezuela, sino otra mucho más preocupante: ¿qué credibilidad puede tener un "orden internacional basado en reglas" cuando quienes lo proclaman demuestran que pueden violarlo con impunidad?
Una vez aceptado ese precedente, no hay vuelta atrás. La ley deja de ordenar el mundo y el poder vuelve a gobernarlo sin máscaras.
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