Cada comienzo de año tiene algo así como un ritual silencioso. El calendario cambia, bajamos un poco el ritmo y, casi sin darnos cuenta, aparece la pregunta que siempre vuelve: ¿qué quiero ahora?
A veces lo formulamos con palabras claras y queda flotando como una sensación difusa, pero está ahí. Se cuela en las listas de decisiones, en las conversaciones de enero, en esa extraña mezcla de expectativa y cansancio que acompaña a los comienzos. Y normalmente se vive como si el deseo señalara todo lo que falta, como si el nuevo año fuera una oportunidad para corregir los déficits acumulados. Más disciplina, más éxito, menos errores, menos inconvenientes.
Sin embargo, esta forma de expresar propósito se basa en una idea muy extendida pero un tanto cuestionable: que queremos porque nos falta algo.
¿Queremos porque nos falta algo?
A lo largo de los años, he escuchado a personas muy diferentes hablar de sus propósitos como si fueran curitas. Como si lograrlos solucionara por fin algo esencial. Con el tiempo, y con mucha experiencia en entrenamiento, comencé a sospechar que ahí era donde surgía la confusión de fondo. El deseo no es sólo una expresión de carencia. No queremos sólo porque algo no esté, sino porque estamos vivos, porque en nosotros hay una fuerza que empuja, que insiste, que persevera.
Esta idea no es nueva. En la filosofía de Spinoza el deseo es entendido como la expresión misma de la esencia humana, aquello que nos mueve a perseverar en nuestro ser y aumentar nuestro poder de acción. Desde esta perspectiva, el deseo no es una deficiencia que debamos corregir, sino una energía que sustenta nuestra vida activa.
Pensar en el deseo de esta manera cambia radicalmente la forma en que abordamos nuestras metas. Ya no se trata sólo de fijar objetivos externos, sino de liderar una fuerza que ya está en marcha. Cada vez que formulamos un propósito, decidimos hacia dónde dirigir nuestra motivación.
'querer' versus 'me gusta'
Numerosos estudios en psicología han demostrado que las personas tienden a sobreestimar el impacto emocional duradero que tendrán ciertos logros o adquisiciones, fenómeno conocido como "error de predicción afectiva". Imaginamos que cuando logremos lo que queremos, llegará la alegría estable. Sin embargo, esa alegría suele ser efímera y depende de los resultados.
Hay una diferencia importante entre "querer" y "gustar". Si bien el sistema dopaminérgico del "deseo" nos impulsa obsesivamente hacia una meta, normalmente no nos proporciona placer: la promesa de ese placer, una vez alcanzado, hace que el placer desaparezca debido a una "adaptación hedónica". Este fenómeno fue descrito por los expertos estadounidenses Philip Brickman y Donald T. Campbell en 1971 y se refiere a que los logros, recompensas o mejoras externas generan un aumento inmediato de la gratificación, pero con el tiempo dejan de producir el mismo efecto emocional.
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Por ejemplo, comprar un teléfono nuevo suele generar emoción y satisfacción en los primeros días o semanas. Sin embargo, a medida que el objeto pasa a formar parte de la rutina diaria, la excitación inicial se desvanece y el nivel de satisfacción vuelve al que era antes, lo que muchas veces reactiva el deseo de obtener algo nuevo.
Por eso, muchas resoluciones formuladas con entusiasmo a principios de año se desmoronan con el tiempo: el deseo que las sostenía se basaba principalmente en la promesa de una gratificación instantánea, sujeta a ajustes hedonistas. Este tipo de metas, llamadas metas "extrínsecas", como el dinero, la imagen o el estatus, se asocian con niveles más bajos de bienestar psicológico en comparación con las metas intrínsecas relacionadas con el crecimiento personal, las relaciones y la contribución al bienestar de los demás.
Aunque el ajuste hedónico también ocurre en las metas intrínsecas, tienden a sostenerse en el tiempo porque dependen no sólo de la gratificación inmediata, sino del significado, la coherencia personal y el valor del proceso mismo.
Guía el deseo hacia el significado.
Cuando el deseo se conecta con un propósito más amplio, con algo que sentimos significativo, es decir, cuando tiene una orientación "eudaimónica" en lugar de hedonista, centrada en el significado y los valores, no sólo logramos un mayor bienestar psicológico, sino también mejores indicadores de salud física, menos inflamación y mayor longevidad.
Otros hallazgos muestran que la congruencia entre objetivos personales y valores intrínsecos predice una mayor perseverancia y un menor agotamiento emocional.
En otras palabras, además de afectar cómo nos sentimos o cuán motivados estamos, la forma en que orientamos nuestros deseos afecta cómo nuestro cuerpo responde a la adversidad. Aprender a desear lo mejor aparece así no sólo como una tarea ética o psicológica, sino también como una forma concreta de cuidado a largo plazo. No siempre es agradable a corto plazo, pero sí nutritivo a largo plazo.
Incrementar nuestro poder para actuar.
Aprender a vivir bien implica desarrollar la capacidad de distinguir entre los deseos que aumentan nuestra agencia y los deseos que la disminuyen. En el sentido motivacional, se trata de pasar de una regulación externa o impulsiva a una regulación más integrada y autónoma. Este cambio no elimina el esfuerzo, pero lo hace más sostenible.
Guiar el deseo no significa reprimirlo o controlarlo por la fuerza. Tampoco significa renunciar al placer. La tarea es pensar en nuestros deseos, comprenderlos y transformarlos cuando sea necesario. Cuando hacemos esto, el deseo deja de ser una fuente de frustración repetitiva y se convierte en un motor de perseverancia.
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El proceso como meta, no como resultado
Por ejemplo, un propósito tradicional como "ir más al gimnasio" o "ponerse en forma" suele estar respaldado por motivos extrínsecos como la apariencia, la comparación social o la necesidad de realizar cambios rápidos. Cuando el entusiasmo inicial decae o los resultados no aparecen inmediatamente, el esfuerzo se percibe como una carga y se abandona el hábito.
Transformar este propósito implica cambiar el enfoque de los resultados a la experiencia: mover el cuerpo de una manera que se sienta bien, sentirse con más energía en la vida diaria o cuidar la salud para poder participar plenamente en actividades significativas. En esta transformación, la actividad deja de ser un medio para alcanzar un objetivo externo y se convierte en una práctica que tiene valor en sí misma.
Algo parecido ocurre con la "alimentación más saludable". Cuando un objetivo se centra únicamente en el control, el peso o la limitación, a menudo genera tensión y fatiga. Por otro lado, si se replantea como elegir alimentos que mejoren el bienestar, escuchar las señales del cuerpo o cuidar la propia energía, el comportamiento se apoya en una motivación más integrada. Aunque el esfuerzo sigue presente, ya no se percibe como una imposición, sino como una forma coherente de cuidarse a uno mismo.
Una oportunidad para desear algo mejor
Un propósito bien orientado no siempre evoca entusiasmo inmediato. A veces incluso te sientes incómodo. Pero tiene algo especial: no destaca rápidamente. Puedes pasar semanas difíciles sin salir, porque no depende sólo de tu estado de ánimo. Se apoya en un sentido más profundo. Y esto es crucial para el comienzo del nuevo año. La motivación inicial siempre se desvanece. La pregunta importante es qué deseo queda cuando el entusiasmo disminuye.
Quizás el mejor propósito para el nuevo año no sea hacer más ni tener más, sino aprender a querer mejor. Aprender a escuchar lo que se esconde detrás de nuestros deseos, a distinguir entre lo que nos tranquiliza temporalmente y lo que realmente nos nutre. El deseo, cuando está bien orientado, no promete una felicidad futura idealizada. Ofrece algo más firme: una sensación de dirección.
El Año Nuevo, por tanto, no es tanto una oportunidad para corregir lo que falta, sino para dirigir mejor esa fuerza que ya está dentro de nosotros. Y eso, si bien no siempre parece espectacular, suele ser profundamente transformador.
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