Todos sabemos que los antibióticos deben usarse correctamente. Probablemente hayas visto algún anuncio o cartel en tu centro de salud que advierte sobre la pérdida de eficiencia. Actualmente, la resistencia bacteriana a estos fármacos es una de las principales amenazas para la salud mundial.
Todos hemos contribuido, en mayor o menor medida, a llegar a este punto. Como pacientes, muchos de nosotros nos saltamos una dosis de antibióticos, no terminamos el tratamiento o directamente tomamos las pastillas que sobraron del tratamiento anterior. Otra parte importante de la responsabilidad recae en el sector salud, porque muchas veces se recetan de manera innecesaria o inadecuada.
La forma de solucionarlo parece clara. Si los profesionales sólo prescribieran estos medicamentos cuando fuera necesario y los pacientes los escucharan, solucionaríamos esta parte del problema. Pero no es tan fácil. Al menos para los dentistas.
¿Qué pensaría si su dentista le recetara un antibiótico y el ingrediente activo dijera "depende"? Bueno, deberían prescribir eso en algunos casos si solo estuvieran utilizando guías de práctica clínica a las que tienen acceso como fuente de información.
No todos los países tienen una guía de referencia.
Estas guías son conjuntos de recomendaciones elaboradas por expertos y organizaciones como ministerios de salud, asociaciones profesionales de odontología o la Organización Mundial de la Salud, para ayudar en la toma de decisiones y que se basan en una revisión sistemática de la evidencia científica disponible.
Sin embargo, como descubrimos en nuestro estudio reciente, en el que analizamos las pautas internacionales de prescripción de antibióticos existentes, no todas son de la misma calidad ni igualmente confiables. Ni siquiera todos los países lo tienen.
En primer lugar, encontramos que no todos los dentistas tendrán un documento de referencia: sólo nueve países tienen directrices para la prescripción de antibióticos para patologías bucales. Es más, sólo 10 de los 17 analizados pueden calificarse como "recomendados" si nos basamos en su calidad. Incluso dos guías están clasificadas como "no recomendadas".
Los dentistas de Bélgica, España, Escocia y el Reino Unido son los más afortunados, ya que tienen acceso a guías de la más alta calidad.
Por ejemplo, en España, el documento elegible para ser considerado guía de práctica clínica es la Guía Terapéutica de Antimicrobianos para la Región del Aljarafe, creada por la Consejería de Sanidad de Andalucía y actualizada a partir del Plan Nacional de Resistencias a los Antibióticos del Ministerio de Sanidad.
Otras organizaciones que han recomendado las directrices incluyen el Ministerio de Salud de Chile, el Real Colegio de Cirujanos de Inglaterra, la Organización Mundial de la Salud, el Centro Belga de Conocimiento de Atención Médica KCE, la Asociación Dental Americana y el Programa Escocés de Efectividad Clínica Dental.
¿Qué antibióticos prescriben los dentistas?
No todos los aspectos son negativos: en general, en la mayoría de los casos las guías disponibles coinciden en que el dentista debe prescribir amoxicilina (un derivado de la famosa penicilina de Fleming) como primera opción. Según los estudios, este es uno de los principios activos más recetados por los dentistas, por lo que lo están haciendo bien.
También existe un acuerdo considerable entre las directrices sobre la duración de este tratamiento, aunque algunas no abordaron directamente el momento.
Sin embargo, la concordancia disminuye cuando analizamos los principios activos recomendados para el tratamiento de determinadas enfermedades. Y el problema es mucho mayor cuando el paciente es alérgico a la amoxicilina (algo relativamente común, como puede serlo hasta un 25% de la población). En ese caso, las recomendaciones se vuelven muy diferentes. El veintinueve por ciento de las pautas recomendaban metronidazol, 24% azitromicina, 24% clindamicina, 18% cefalosporinas y 6% doxiciclina. Y estas diferencias no están justificadas.
Cómo mejorar las guías.
Estos documentos también tienen mucho margen de mejora en algunos aspectos específicos: el rigor de la evidencia, la forma en que se presenta la información y la aplicabilidad de las recomendaciones de prescripción de antibióticos.
Mejorar todos estos aspectos podría facilitar el uso de estas guías y ayudar a los odontólogos a tomar las mejores decisiones. Además, es menos probable que se informen de otras fuentes que a priori podrían estar más sesgadas, como la industria farmacéutica, ya que siempre tendrán intereses comerciales detrás.
El objetivo final es claro: debemos reducir el consumo de antibióticos innecesarios. No podemos quedarnos quietos. El problema de la resistencia a los antibióticos ya no es una amenaza, sino una realidad. En Europa, cada día mueren alrededor de un centenar de personas debido a la resistencia a los fármacos antimicrobianos. Es urgente que actuemos juntos y necesitamos que los profesionales de la salud cuenten con recursos confiables y prácticos que les permitan estar seguros de que están tomando las mejores decisiones para sus pacientes.
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