Tras un periodo de precios elevados, aunque la inflación se está moderando y los indicadores apuntan a cierta recuperación, mucha gente todavía siente que "todo está caro". Esta brecha entre los datos y lo que sentimos no es un simple malentendido: las investigaciones sobre el comportamiento del consumidor muestran que la inflación puede bajar en las estadísticas antes de que baje en nuestras cabezas.
Cuando pagar duele: el precio como experiencia emocional
La economía del comportamiento ha documentado el "dolor de pagar" durante décadas. Pagar no es sólo una operación contable: activa circuitos en el cerebro asociados con el malestar y puede reducir el placer asociado con el consumo. Si consumir genera placer, pagar genera dolor y ambas experiencias se entrelazan en cada decisión de compra.
En un contexto de precios elevados o de incertidumbre económica, este dolor se intensifica: no es tanto lo que pagamos, sino la sensación de que cada compra confirma la pérdida de capacidad económica. Las investigaciones en salud pública advierten que después de varios años de alta inflación, los consumidores reaccionan con mayor sensibilidad incluso a aumentos moderados, asociando los precios con estrés y pérdida de control.
Además, la mente está anclada en la tabla de precios internos: recordamos cuánto costaban las cosas hace unos años y cualquier desviación se interpreta como una pérdida, incluso si los ingresos han mejorado. Aquí es donde comienza la carga emocional del consumo: actividades cotidianas como ir al supermercado, pagar la luz o repostar gas se convierten en una prueba de que "todo cuesta más".
La inflación emocional no cae al ritmo del IPC
La gente presta más atención a los precios de los bienes que compramos con más frecuencia (alimentos, energía, vivienda) y tendemos a recordar algo más que la disminución. Es un sesgo de frecuencia: nuestra percepción está sesgada hacia los precios que vemos con más frecuencia. Esto explica por qué, aunque la inflación está disminuyendo, la sensación de escasez persiste.
El Banco de España señala que la inflación no afecta a todos por igual: los hogares con rentas más bajas destinan una mayor parte de sus ingresos a bienes básicos, por lo que viven estos aumentos de forma mucho más intensa. A nivel europeo, el informe concluye que el coste de la vida afecta especialmente a los jóvenes, a las familias con alquileres elevados y a los hogares expuestos a unos costes básicos crecientes.
Todo esto crea una inflación emocional que persiste incluso cuando la inflación está cayendo, alimentada por el recuerdo de los aumentos acumulados y amplificada cada vez que interactuamos con precios sensibles (alimentos, energía, vivienda).
Fatiga del costo de vida: cuando el seguimiento de precios lo cansa
A la tensión específica del pago se suma una carga menos visible: la fatiga por el costo de vida, asociada con el monitoreo constante del gasto, las comparaciones repetidas de precios y la sensación de que siempre se está renunciando a algo para llegar a fin de mes.
Este cansancio se manifiesta en tres comportamientos cada vez más comunes:
Seguimiento de precios: consulta de ofertas, seguimiento de apps de comparación, etc., actividades que consumen tiempo y energía mental.
Culpabilidad provocada por el consumo: gastar en ocio o pequeños placeres crea tensión moral, incluso cuando la situación económica es razonablemente estable.
Continúa la sensación de pérdida: la sensación de que "antes la gente vivía mejor con lo mismo", aunque los datos muestran una recuperación parcial de la renta familiar disponible.
Paralelamente, las investigaciones en salud pública han relacionado las tensiones económicas con niveles más elevados de ansiedad, insomnio y síntomas depresivos. El estrés causado por la inflación parece tener efectos negativos acumulativos sobre el bienestar. No es sólo que "llegar a fin de mes" se haya vuelto más difícil: gestionar la inflación se ha convertido en una carga emocional adicional.
¿Podemos reducir la carga emocional del consumo?
Los precios no dependen de decisiones individuales, pero se puede mejorar la forma en que se gestionan psicológicamente. La economía del comportamiento sugiere varias estrategias útiles:
Fijar "anclas personales" para los precios: decidir de antemano lo que consideramos razonable pagar por determinados bienes (por ejemplo, por un litro de aceite o por salir a cenar), reduce la sensación de injusticia en cada compra y evita frustraciones repetidas.
Planifique, no improvise: establecer presupuestos mensuales y limitar ciertas categorías de gastos reduce la molestia de pagar y hace que los gastos sean algo esperado, en lugar de una sorpresa desagradable.
Posponer decisiones de compra no esenciales: instituir una regla de "espera de 24 horas" para compras compulsivas ayuda a aliviar las decisiones tomadas bajo estrés o fatiga.
Finalmente, si la inflación se mide en porcentajes, su impacto emocional se manifiesta en preocupación, cansancio y sacrificios diarios. Comprender que los precios afectan tanto el dinero de bolsillo como el bienestar es clave para crear políticas económicas que sean sensibles a la experiencia real de los hogares. Y para que nosotros, como consumidores, podamos cuidarnos mejor en medio de la incertidumbre.
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