¿Le preocupa que las personas con menores ingresos no tengan las mismas oportunidades de educación y trabajo que aquellas con más recursos? Entonces le preocupa uno de los problemas sociales de mayor crecimiento en los últimos años: la desigualdad económica.
Naciones Unidas ha incluido su reducción como objetivo prioritario dentro del Programa para el Desarrollo Sostenible hasta 2030. Una de las formas más efectivas de hacerlo a lo largo de la historia ha sido a través de medidas redistributivas, es decir, medidas que apoyen financieramente a las personas que tienen más dificultades económicas (por ejemplo, subsidios) y medidas que busquen reducir la concentración de la riqueza (impuestos).
A pesar de que promueven la justicia social y son útiles para reducir la desigualdad, estas medidas no siempre cuentan con el apoyo de la ciudadanía. ¿Pero cuál es la razón?
¿Qué nos dice la psicología social?
Desde la psicología social tenemos algunas respuestas a esta paradoja. Nuestras percepciones y creencias personales sobre la desigualdad pueden influir en nuestras actitudes hacia la redistribución. Tendemos a subestimar el nivel de desigualdad económica, lo que nos lleva a pensar que la redistribución es innecesaria. Pero si somos más conscientes de la desigualdad que existe, es más probable que generemos actitudes más positivas hacia las políticas redistributivas.
Este razonamiento es útil pero incompleto. Recibir información sobre la desigualdad existente no siempre motiva a las personas a apoyar la redistribución. Si creemos que la desigualdad está justificada (por ejemplo, que es el resultado de que algunos trabajan duro y otros son holgazanes (meritocracia)) o que algunos grupos merecen más recursos que otros (dominancia), entonces es más probable que consideremos la desigualdad como algo sin importancia y, en consecuencia, no prestemos atención a esta información.
Hasta ahora, el panorama parece sombrío y hay poco margen de cambio. Sin embargo, existen elementos que pueden convencer y facilitar el juicio sobre la información recibida. Uno de estos elementos es la fuente de información, es decir, quién emite el mensaje. O mejor: son las características del remitente las que pueden hacer que el mensaje sea más o menos persuasivo.
Cuando hablamos de las características de la fuente o del remitente, nos referimos a su credibilidad. Si la fuente se considera creíble, será más persuasiva. Imaginemos que estamos escuchando a un periodista hablar de desigualdad económica. Lo más probable es que juzguemos si la información es confiable en función de la credibilidad que le atribuimos. Por tanto, las características de la fuente de información, más allá del contenido implícito, serán fundamentales para cambiar las actitudes hacia la redistribución.
No olvidemos que debido a que la desigualdad económica es un tema altamente politizado, nuestra ideología política puede condicionar la forma en que procesamos la información al respecto. Entonces, ¿qué pasaría si presentáramos la misma noticia a un grupo de personas con diferentes ideologías políticas sobre el nivel actual de desigualdad en España, modificando sólo la fuente de información? ¿Podrían modificarse sus actitudes hacia la redistribución en función de la credibilidad atribuida a la fuente y teniendo en cuenta su propia ideología?
Pues esto es lo que estudiamos en el grupo de Psicología de los Problemas Sociales de la Universidad de Granada, y descubrimos que las personas aumentaban su apoyo redistributivo cuando recibían información sobre la desigualdad económica de una fuente que consideraban más fiable. Esto fue especialmente importante entre las personas que justificaban más la desigualdad.
Por tanto, la información sobre la desigualdad es útil, pero tenemos que confiar en las fuentes que la proporcionan.
¿Cuál es el significado de este hallazgo?
En primer lugar, como consumidores de información, nos permite comprender cómo nuestra manera de ver el mundo, marcada por nuestra ideología política, "sin darnos cuenta" afecta la credibilidad que atribuimos a las fuentes de información y afecta nuestras actitudes hacia la redistribución.
Además, el simple hecho de recibir información sobre los niveles actuales de desigualdad económica no necesariamente aumenta el apoyo a la redistribución. Por otro lado, generar confianza en las fuentes de información es clave para cambiar actitudes.
Generar confianza en los medios
A nivel práctico, este descubrimiento puede ayudarnos a diseñar contenido que anime a las personas a luchar contra la desigualdad. Así, al informar sobre desigualdad económica, es importante considerar el público objetivo y cómo la fuente de la información encaja con sus creencias, ya que de esta manera podemos generar más confianza en la fuente y aumentar la efectividad de la información.
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